domingo, 26 de junio de 2016

EL LADRÓN DE ALBARICOQUES




Cuento


El ladrón de albaricoques



EL LADRÓN DE ALBARICOQUES



En las afueras de un pueblo vivía una pobre viuda que tenía un solo hijo. Ella le había educado en el respeto a los ancianos y a las costumbres de su pueblo. Madre e hijo vivían de lo que producía el pequeño huerto, que cultivaban con sus propias manos  y con mucho cariño.

En medio de aquel huerto había un hermosísimo albaricoquero muy viejo. Sus frutos tenían un sabor exquisito, con aromas de sol y miel. Su tierna pulpa se deshacía al contacto con los dientes, liberando un delicado y fragante jugo que llenaba la boca de dulzor. Madre e hijo vendían dichos albaricoques, llamados «los senos de Semíramis», a personas ricas que pagaban por ellos sus buenos dineros.

Un vecino, envidioso, había propuesto en varias ocasiones a la viuda, comprarle el huerto, pero ella siempre había rehusado. Irritado, el hombre se propuso obligarla al venderlo. Cada noche saltaba la tapia que les separaba, se subía al árbol y cogía gran cantidad de albaricoques, de tal manera que, al día siguiente, madre hijo no lograban recolectar los frutos necesarios para venderlos y cumplir con los pedidos de sus ricos clientes. Así, poco a poco, aquellas personas ricas se fueron desinteresándose y terminaron por comprarle a otro vendedor, al vecino envidioso
.
Con el paso del tiempo, la situación económica para la familia empeoró. Entonces la madre fue a suplicar a su malvado vecino que no les arrebatase sus albaricoques, pues la venta de los mismos les daba de comer. La única respuesta que recibió fue:

   -Bueno, si lo que necesitáis es dinero, aceptad mi oferta y vendedme el huerto.

Por momentos,  el hijo tuvo la terrible tentación de insultar y golpear a su vecino, pero afortunadamente su buen juicio le ayudó a entrar en razón y se contuvo:

-«Bah, no quiero lastimar a nadie por un puñado de albaricoques», se dijo. «Es verdad que mi madre y yo vivimos gracias a ellos, pero, en fin, buscaré en qué trabajar para ganar dinero. Mañana mismo iré a la ciudad a ofrecer mis servicios como porteador».

Aquella misma noche, después de que madre e hijo hubiesen cenado bien poco y  cuando ya se disponían de acostarse, llamaron a la puerta. Fue a abrir el hijo y se encontró ante un joven de aspecto majestuoso.   

   -Soy un viajero que se ha perdido —dijo el desconocido—. Tengo hambre y frío. ¿Podéis darme hospitalidad por esta noche? Partiré mañana por la mañana a primera hora.

El hijo hizo entrar al misterioso desconocido con todos los honores. La madre, obedeciendo a las sagradas leyes de hospitalidad, le ofreció lo mejor que tenía y abrió para él su última botella de vino, único vestigio de un pasado más próspero y feliz.

El hombre comió con apetito y después hizo saber a sus anfitriones que le agradaría comer alguna fruta.

   -¡Ay! —Respondió el hijo—, no podemos satisfacer vuestro deseo. Un malvado y envidioso vecino roba los dulces albaricoques de nuestro huerto. Y le contó el robo diario de los albaricoques por parte de su vecino. Y añadió:

-Sepa buen señor que no me faltan ganas de deshacerme de ese malvado. Me gustaría sorprenderle robándonos y acabar con él. Pero cuando reflexiono y tomo conciencia de que la vida es un bien sagrado, rehusó de mis pensamientos y no quiero hacer daño por un simple cesto de albaricoques.

   -Vuestros sentimientos os honran y te hacen bueno—dijo el desconocido—. Pero le diré algo, yo castigaré a ese ladrón sin que tenga que pagar con su vida.

Pidió que lo llevaran junto al albaricoquero centenario, lo tocó con la mano y aseguró al muchacho que aquél que se subiera al árbol sin autorización quedaría atrapado por sus ramas y no podría bajar.

A la noche siguiente, como siempre, el ladrón se subió al albaricoquero y comenzó a coger los frutos más hermosos y maduros que había. Pero cuando quiso bajar, todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Quedó atrapado en el árbol.

A la mañana siguiente, madre e hijo oyeron grandes ruidos en el huerto y corrieron hacia allí.  Muchos vecinos habían acudido y contemplaban al malvado vecino que estaba atrapado entre las ramas del albaricoquero. Cuanto más se agitaba más atrapado quedaba en el árbol. Mientras tanto, todos reían y se mofaban de él. Al fin, mandaron a buscar al juez. Antes de quedar liberado del árbol, el vecino ladrón de albaricoques reconoció públicamente y ante le juez, el delito y se ofreció a pagar todos los albaricoques robados.

Madre e hijo escucharon sus ruegos y le permitieron, por fin, bajar del árbol.

Fin
Cuento anónimo (Armenia). Adaptación





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