El tarro de aceitunas
Hace bastante tiempo, un mercader de Bagdad, que se llamaba Ali Coxia,
como musulmán que era y creyente de esa religión, pensó que su deber era
visitar, aunque sólo fuese una vez en la vida, la ciudad sagrada de la Meca.

Con aquella idea comenzó su preparación para realizar el viaje. Arregló
todos sus negocios, dejó arrendada su casa y dejó todas sus pertenencias.
Después de ello, se dio cuenta que aún le sobraban mil monedas de oro. Como
no tenía ya lugar donde poder dejar dichas monedas porque se había deshecho
de todo, pensó qué podía hacer para poder guardar su tesoro. Después de
reflexionar tuvo una idea, las guardaría en un tarro de aceitunas.
Como así lo pensó, así lo hizo. Guardó las mil monedas de oro en el fondo de
un tarro y luego, lo lleno con aceitunas. Después de esto, se dirigió a la
casa de un gran amigo suyo que tenía fama de honrado y le pidió el favor de
que guardara el tarro de aceitunas hasta que regresara de su viaje. El
amigo de Alí Coxia, gustosamente, aceptó guardar el tarro de aceitunas en el
almacén, y además, le entregó las llaves de su casa para que Alí eligiera el
lugar donde colocaría su tesoro.

A los pocos días, Alí Coxia se despidió de sus parientes y amigos y emprendió su viaje con dos camellos cargados de telas muy finas que pensaba vender en la Meca, aprovechando su viaje.
Después de cumplir con su promesa de visitar la ciudad sagrada de la Meca,
Alí se dirigió al mercado para vender las telas que llevaba. Al llegar al
lugar, escuchó a alguien decir: si
este comerciante supiera bien, seguro que no vendría a venderlas a este
mercado y mejor podría vender sus telas en el gran mercado del el Cairo.
Las palabras de aquel hombre hicieron que Ali Coxia cambiara de opinión.
Recogió sus telas y se dirigió a Egipto. Efectivamente, en Egipto pudo vender muy bien y a buen precio todas
las telas que llevaba. Después, de tan magnífico resultado del negocio,
decidió aprovechar el viaje para conocer mejor el hermoso país. Luego conoció
Persia, Mosul y otros países. En cada uno de ellos estuvo comerciando. Así,
paso siete años.
Mientras tanto, una noche la esposa del mercader al que le había dejado
encargado su tarro de aceitunas, tuvo el deseo y capricho de comer aceitunas.

- Esposa mía – le dijo su marido, tu antojo será bien fácil de cumplir. Mi
amigo Alí Coxia, antes de marcharse de viaje me dejo encargado un gran tarro
de aceitunas que tenemos custodiado en casa. De ello hace mucho, mucho
tiempo…y como no sabemos nada de nuestro amigo Alí. ¡Quién sabe!, es posible
que le haya ocurrido algo o tal vez murió. Voy a coger una lámpara y bajaré
al almacén a buscar unas cuantas aceitunas del tarro, ¿Te parece, esposa mía?
- ¡Ni lo quiera Ala!, ¿Cómo se te ocurre tan semejante idea? -- replico
la mujer del mercader. Cuando alguien nos confía algo para custodiarlo y más
si es un gran amigo, debemos respetarlo. No sabemos si Alí Coxia algún día u
otro regresará y… ¿qué pasará si Alí no encuentra su tarro de aceitunas, tal
como lo dejó? ¿Qué pensaría de ti? – continuo su esposa. No, mejor deja el
tarro como está y no lo toques… además, ya no tengo antojo de aceitunas.
Pero, a pesar de todos estos sabios consejos, el mercader no hizo caso a su
mujer. Su deseo era complacer a su esposa. Tomó una lámpara y bajo al almacén
a buscar aceitunas. Destapó el tarro y encontró que las aceitunas, que tenían
tanto tiempo guardadas, se habían podrido. Sin embargo, el mercader tuvo la
esperanza de que las del fondo estuvieran todavía buenas, así que vacío el
tarro, y al vaciarlo empezaron a caer unas cuantas monedas.
Al ver las monedas de oro, el mercader se volvió loco de ambición. Dejo las
monedas, guardo nuevamente las aceitunas y volvió a tapar el frasco. A su
mujer le dijo que tenía razón, que las aceitunas estaban podridas y que había
vuelto a tapar el tarro dejándolo como estaba.

A la mañana siguiente el mercader, sin decir nada, sacó todas las aceitunas
podridas y tomo las mil monedas de oro. Luego, llenó el tarro con aceitunas
frescas que recién había comprado. Tapó el frasco y dejo todo como estaba
antes.
Ali Coxia, por su parte, después de tanto tiempo, decidió regresar a su
ciudad. Al llegar a Bagdad tuvo que hospedarse en una posada, puesto que su
casa y su tienda las había alquilado antes de partir. Algunos días después y tras
haber arreglado varios asuntos de negocios, se decidió a ir a casa de su gran
amigo el mercader, al cual le había encargado su tarro de aceitunas. Al
reencontrarse los dos amigos, se abrazaron y su amigo el mercader felicitó a
Alí Coxia por su feliz regreso y le
entrego la llave del almacén para que el mismo tomara su tarro de aceitunas.
Alí le dio las gracias y se llevo el tarro de aceitunas a la posada donde se
hospedaba. Alí vació las aceitunas, que todavía estaban bien frescas, pero no
halló moneda alguna. Inmediatamente Alí fue a reclamar sus monedas a su gran
amigo.

- ¡Amigo! - le dijo Alí, vengo a decirte que el tarro de aceitunas que
te confié no solo contenía aceitunas, sino mil monedas de oro que yo mismo
coloque en el fondo y han desaparecido. Si tú las tomaste porque necesitabas
el dinero está bien, podemos arreglarlo… no pasa nada.
- ¿Acaso me estás diciendo que soy un ladrón? -replicó el mercader. Cuando trajiste el
tarro, tú mismo lo pusiste en el lugar en el que lo encontraste. Nadie ha
tomado nada y parece que no sabes agradecer el favor que te hice.
¡Ahora, márchate de mi casa!
Ali Coxia no sabía qué hacer y
después de pensar, se dirigió al juez para denunciar su caso. El juez, después de escuchar ambas partes,
no supo qué hacer, era la palabra de Alí contra la de su amigo el mercader.
Frustrado y triste, Alí decidió llevar su caso directamente ante el califa
como máxima autoridad y como última esperanza. El califa tampoco sabía cómo
resolver el problema. Pensaba quién tenía razón y quién mentía. Aquella misma
tarde, el califa, muy concentrado en el asunto, salió por la tarde, al jardín
de su palacio, a dar un paseo.
Al día siguiente mando llamar a los dos hombres. Eran dos expertos
aceituneros, a quienes el califa presentó a Alí Coxia y su amigo el mercader.
Ante ellos, los dos, nuevamente, presentaron su punto de vista. Alí
reclamando que había dejado de mil monedas de oro en un tarro de aceitunas.
Su amigo, el mercader negando contundentemente que tales monedas, no
existían. Finalmente, el califa hizo
dar opinión a los dos expertos aceituneros a quienes les presentaron el tarro
de aceitunas. El califa tomó una aceituna y se la dio a uno de los
aceituneros.

- ¿Qué te parecen?-- pregunto el califa.
- ¡Excelentes, mi señor! - opinó el aceitunero
- Están muy frescas, deben de ser de este año.
- Debes estar equivocado. –dijo el califa,
porque estas aceitunas fueron puestas en el tarro hace siete años.
- ¡Señor, que las pruebe el otro aceitunero!, pero yo le aseguro que son de
este mismo año.
El otro experto probó también las aceitunas y corroboró lo que había dicho el
primero. De esta forma, el califa supo cómo resolver el asunto.
Castigó al mercader que había sido deshonesto y mal amigo, y a Ali Coxia
le fueron devueltas sus mil monedas de oro.
Adaptación cuento “El tarro de las aceitunas” de la colección "Las mil y una noche"
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Jajajaja
ResponderEliminarJjkajajaja
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